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Relato: Anhelo

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Anhelo, de Nika Miniva

Imagen de Reº

Claudio sabía que no le quedaba mucho tiempo. Unas horas, un día o tal vez dos, antes de que exhalara su último aliento. Las enfermeras, algunas más amables que otras, se encargaban de administrarle los calmantes necesarios para que no sufriera, pero nada le aliviaba el sufrimiento que le oprimía el corazón. Lo sentía más intenso que nunca, incluso más que cuando su preciosa Verónica lo había abandonado cuarenta años atrás, llevándose con ella a los hijos de ambos: Carla y Simón. En aquel entonces tenía toda una vida por delante, aunque a él no se lo pareciera. Cuando por fin se sobrepuso a la pérdida, decidió empezar de cero. Consiguió un trabajo nuevo en otra ciudad. No era gran cosa, pero le permitía pagar los gastos y algún capricho que otro.

Una joven pareja entró en la habitación. Claudio sabía que no iban a visitarlo a él; sabía que nadie iría a verlo por última vez. Estaba seguro de que el anciano moribundo de la cama contigua había aprovechado mucho mejor la vida. Recibía visitas a diario y todas ellas parecían entristecidas por su inminente marcha. Las mujeres lloraban, en especial la hija que, al parecer, había perdido a su madre poco tiempo antes; los hombres controlaban las lágrimas, pero se les veía el dolor en los ojos. A Claudio nunca le había gustado que los demás sintieran lástima de él, por eso siempre había sido reacio a demostrar sus sentimientos, y ahora, cuando ya no tenía nadie a quien contarle nada, se daba cuenta de que esa actitud era la más triste que podía adoptar una persona.

Observó a la nieta de su vecino de habitación. El marido la envolvía en un cariñoso abrazo mientras ella se acariciaba el vientre, informando a su abuelo de que el embarazo iba genial.

Claudio recordó el día en que nació. Sabía que era un recuerdo creado por su mente a partir de las historias que le había relatado su madre, pero siempre había querido creer que realmente se acordaba de aquel día. Su madre lo observaba con lágrimas en los ojos y le hacía alguna que otra carantoña mientras la lluvia azotaba las ventanas del hospital. Pensó en lo pequeño y frágil que se vería en los brazos de su madre y recordó lo valiente que había sido hasta los seis años, cuando los niños de su clase habían decidido hacer de él una piñata. El acoso escolar duró hasta que Claudio terminó los estudios a los dieciséis años y se puso a trabajar como albañil con uno de los amantes de su madre. Como había heredado el cuerpo grande y fuerte de su padre no le costó adecuarse al trabajo, pero seguía siendo tan bonachón que sus compañeros no tardaron en empezar a sacar provecho de aquello. Claudio no era feliz, no le gustaba ser así y, más de una vez, había pensado en darles una buena paliza a todos ellos, pero el miedo lo paralizaba cada vez que se le acababa la paciencia. Entonces apareció Verónica, la dulce y hermosa Verónica, con promesas de un futuro mucho mejor que el presente. Si tan solo hubiera sido más cauto…

Claudio escuchó nuevas voces y entreabrió los ojos con gran esfuerzo. No se había dado cuenta de que se había quedado dormido y la nieta de su compañero de habitación ya se había marchado. Ahora lo visitaba su hija, hundida como seguía. Le traía una bolsa con ropa limpia y algo de comida a escondidas. Aparentaba unos sesenta años, pero Claudio no creía que tuviera más de cincuenta. Él sabía mejor que nadie lo que la tristeza podía envejecer a una persona, y estaba convencido de que aquella mujer sufría por algo más que la pérdida de su madre y la futura muerte de su padre. En aquel momento le habría gustado advertirle del poco sentido que tenía preocuparse por las cosas carentes de solución. ¿Cuánto tiempo había vivido él así? Siempre había temido cumplir sus sueños, ser ambicioso, mostrarse tal y como era, pedirle perdón a su mujer y decirle que todo había sido culpa suya. Verónica, la única mujer que lo habría amado y cuidado toda la vida. Ahora solo podía imaginar su vida junto a ella y sus dos hijos. Si las cosas hubieran sido diferentes, sería su hija quien le ayudaría a sentarse en la cama en vez de una desconocida.

Cuando volvió a despertar ya era muy entrada la noche y la cama de al lado estaba vacía. Rio para sus adentros. Le pareció una broma de Dios, si es que existía, que hasta la única persona que pensaba que le acompañaría en la hora de su muerte se hubiera ido antes que él.

Se le cerraron de nuevo los ojos y recordó a Verónica. Lloraba tras descubrir que su marido le había sido infiel y hacía las maletas mientras le gritaba a pleno pulmón. El anciano sintió una nueva punzada en el corazón. De lo único que no se arrepentía en su vida era de haber amado a aquella mujer y de haberle dado dos preciosos hijos.

Claudio notó que los pitidos intermitentes de la máquina junto a su cama pasaron a ser un solo pitido constante. Entonces los vio. El hombre tenía sus mismos ojos y la mujer era tan hermosa como lo había sido su madre. Ambos le sonreían con infinita ternura y Claudio les brindó la sonrisa más sincera que jamás había sido capaz de dar a nadie, aun sabiendo que no estaban allí, que solo eran fruto de su imaginación, de su último anhelo.

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Autor

nikaminiva@gmail.com
Soy escritora, correctora de textos y, por supuesto, lectora apasionada. Leo casi toda clase de libros, aunque mis favoritos son los de fantasía, terror, ciencia ficción y también el manga.

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