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Relato: Bajo el agua

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Bajo el agua

de Nika Miniva

Despertó empapada en sudor. Aquella pesadilla recurrente no se cansaba de atacarla. De niña, Úrsula se hundía en ella cada noche, pero, conforme fueron pasando los años, los intervalos de tiempo entre una y otra se habían ido ampliando. Aun así, no había un solo mes en que no viera a su amigo de la infancia ahogarse en aquel lago.

Esa noche había sido mucho peor. Si no fuera por la imposibilidad de retroceder en el tiempo y volver a ser la niña de ocho años que era entonces, hubiera jurado que volvía a encontrarse en el mismo lugar, escuchando los gritos de su amigo y los chapoteos desesperados de sus brazos. La pesadilla siempre se volvía más horrible la noche previa al viaje anual que hacía a casa de sus padres. Odiaba ir, todo le recordaba a su amigo, pero era la única época del año en la que podía ver a su familia, pues el resto estaba demasiado ocupada con el trabajo.

El despertador aún no marcaba las cinco, pero Úrsula no quiso seguir durmiendo. De todas formas, ya se había desvelado, así que, después de tomarse un café y de ducharse, cogió las maletas y se marchó, dejando el piso a solas durante aquel mes de verano. Intentó distraerse con la radio, mientras conducía. Tras una hora decidió escuchar un podcast sobre física; aquello siempre la ayudaba a olvidarse de todo lo demás.

El viaje se le hizo más corto de lo que hubiera deseado, pero ver a sus padres recibirla con los brazos abiertos y lágrimas en los ojos le levantó el ánimo. Habían pasado veintidós años, sin embargo, verano tras verano, seguía sintiendo la misma opresión en el pecho en cuanto llegaba a aquel pequeño pueblo.

—¿Quieres desayunar? —le preguntó su madre, tan atenta como siempre, mientras su padre sacaba las maletas del coche sin dejar que lo ayudara—. Te esperábamos más tarde, ni siquiera son las diez.

—He comido algo por el camino, no te preocupes —respondió con cariño, y se metió en la casa.

El olor a madera vieja la transportó a su niñez, pero su madre no la dejó regodearse en recuerdos. No paró de hablar en toda la mañana, ora contando un chisme, ora sugiriéndole que volviera a vivir con ellos. Le aseguraba que allí no le faltaría de nada y viviría mucho más tranquila. Ella se negaba, como siempre. Aunque nunca mencionaba el verdadero motivo; en vez de ello, se escudaba en su trabajo. Hacía años que intentaba hacer creer a sus padres que había superado el horrible trauma de su niñez. Y ese verano estaba dispuesta hacerlo realidad. No quería seguir teniendo pesadillas, se negaba a escuchar una sola vez más los gritos de su amigo.

Su psicóloga, a la que hacía una década que visitaba, le había insistido últimamente en enfrentarse a ese miedo, y ella había acabado accediendo. Así que a media tarde les dijo a sus padres que salía a dar un paseo. No quiso mencionar dónde se dirigía, y mucho menos su propósito, pues necesitaba hacerlo sola y ellos habrían insistido en acompañarla. Desde el incidente no se había atrevido a acercarse a aquel lugar, por mucho que le insistieran.

Cada paso lento e indeciso la acercaba un poco más al lago y, cuando por fin lo divisó, se detuvo y se llevó las manos al pecho. Sintió la bilis en la boca y tuvo que inspirar profundamente varias veces antes de poder continuar. Llegó a la orilla y se acercó a un columpio colgado de un árbol. De niña siempre se sentaba en él para observar a su amigo mientras este se bañaba. Había envejecido con el tiempo y nadie se había molestado en cambiar las cuerdas. Apoyó una mano sobre el banco e hizo fuerza, como si aquello fuera prueba suficiente de que aguantaría su peso. Se sentó y su vista se perdió en las tranquilas aguas del lago. La luz del sol las hacía brillar y el viento las acariciaba produciendo olas casi imperceptibles. Se quedó dormida con lágrimas en los ojos.

Y soñó.

—¡Métete en el agua, Ursu! —le pedía su amigo—. Yo solo me aburro, ven a jugar.

—Está muy fría.

—No lo está. Además, hace mucho calor fuera.

Ella siguió columpiándose mientras miraba a su amigo nadar. De vez en cuando se hundía en el agua y reaparecía a los pocos segundos. Por eso Úrsula se preocupó y se bajó del columpio cuando pasó más tiempo del normal y su amigo no volvía. Desde la orilla gritó su nombre varias veces, hasta que por fin apareció, pero algo iba mal. Movía los brazos en un intento desesperado de no hundirse de nuevo, y no dejaba de pedir ayuda. Al principio, Úrsula pensó que estaba bromeando. No era la primera vez que hacía algo así para asustarla y obligarla a entrar en el agua. Pero pronto se dio cuenta de que algo tiraba de él y lo movía a su antojo.

Úrsula no se decidía a ir en su ayuda. El miedo a perder a su amigo la animaba a meterse en el agua, pero el terror a aquella criatura era aún mayor y la paralizaba.  Lo que fuera que estuviera atacando a su amigo no tardó en arrastrarlo de nuevo bajo el agua, y ya no volvió a aparecer. Úrsula lo esperó durante un minuto, cinco, diez, media hora… hasta que una especie de tentáculo gigante se alzó y le dio un latigazo, tirándola al suelo.

Se despertó agitada y con la cadera dolorida. Una de las cuerdas del columpio había cedido. Úrsula se levantó del suelo exclamando una maldición y se quitó la ropa. En traje de baño, se acercó al agua con paso decidido. Estaba harta de tener miedo. De una vez por todas, iba a demostrarse a sí misma que en aquel lago no había monstruos. Que, como le habían dicho años atrás, todo había sido producto de su imaginación, fruto del trauma que sufrió al toparse con la persona que secuestró a su amigo. Nunca habían hallado su cuerpo, ni en el lago ni en ningún otro lugar. Sus padres aún vivían con la esperanza de encontrarlo con vida. Y ella era una persona racional, dedicada a la ciencia, era una estupidez seguir creyendo en monstruos a esas alturas. Sabía que lo que le habían dicho era cierto, y se negaba a seguir siendo una niña.

Se metió en el lago y nadó un poco para entrar en calor, pero cada vez sentía el agua más helada. Le calaba los huesos y los dientes le empezaron a castañear. Decidió salir. Nunca le había gustado sumergirse en agua fría, y creía que con aquella breve muestra de valentía bastaba para que el subconsciente la dejara dormir por las noches.

Cuando hizo pie, caminó hacia la orilla. Sin embargo, la arena empezó a resbalar. Se impulsó hacia delante, y el pie se hundió en la tierra, haciéndola caer de bruces. Al sacar la cabeza del agua, creyó oír un chapoteo a su espalda. Se giró, nerviosa, y las ondulaciones en el agua le indicaron que algo grande había saltado. Presa del pánico, gateó intentando salir de allí, pero parecía que el lago tuviera vida propia, y cuanto más intentaba avanzar, más se hundía. Volvió a escuchar otro chapoteo, esta vez más cerca. Miró de nuevo, pero no vio más que olas. Gimoteó sin dejar de avanzar, solo que no lo conseguía. Entonces, algo viscoso le rodeó el tobillo y tiró de ella. Su grito espantó a los pájaros de los árboles cercanos, y enseguida el lago volvió a quedar en calma.

Código de registro en Safe Creative: 1904090596483


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Autor

nikaminiva@gmail.com
Soy escritora, correctora de textos y, por supuesto, lectora apasionada. Leo casi toda clase de libros, aunque mis favoritos son los de fantasía, terror, ciencia ficción y también el manga.

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